Guachochi, Chihuahua.- La Diócesis de Tarahumara se extiende en casi 32 mil kilómetros cuadrados, principalmente de sierra de difícil acceso y aisladas comunidades indígenas rarámuri; la Iglesia local ha tenido noticia de apenas cinco casos de contagios por COVID-19 y el obispo José Manuel González Sandoval considera que las buenas medidas han sido clave para evitar focos de contagio incontrolables.

“Creo que las autoridades tomaron medidas muy a tiempo, aunque en un principio se consideraban exageradas, pero nos dimos cuenta de que gracias a ello la sierra sólo ha tenido cinco casos, dos se restablecieron y los otros tres se mantienen en cuarentena. Y parece que no ha habido contagios posteriores”, explica en entrevista con VCNoticias.

Las principales preocupaciones en el desarrollo de la pandemia fueron las localidades de mayor tránsito y acceso, ya fuera por recibir visitantes del exterior o porque los trabajadores suelen entrar y salir de la región para ir a la maquila o a la cosecha.

“Las autoridades nos apoyaron mucho; hablamos a tiempo con los gobernadores indígenas, sobre todo de las zonas más vulnerables, las que están a pie de carretera que son Guachochi, Creel y San Juanito que son las que viene gente de fuera o que sale a trabajar a las maquilas, al deshije o a las artesanías y entonces están en más riesgo”.

A decir del obispo González, los gobernadores indígenas y la comunidad rarámuri tomaron con seriedad la alerta epidemiológica: “El mundo indígena es muy riesgoso a este tipo de contagios porque comparten la misma güeja de tesgüino, del mismo plato de comida. Para ellos, en la cultura es muy importante el contacto, para el saludo o para convivir y estar juntos”.

El diálogo y el apoyo de las autoridades indígenas ha sido indispensable para que las comunidades tomaran en serio la amenaza del coronavirus. Pero también la acción de las autoridades de los municipios: “En el mundo mestizo, ayudó que los presidentes municipales pusieran cercos sanitarios en algunas comunidades como Uruachi, Batolpilas, Samachique o Urique”

Y aunque el contagio por COVID-19 se ha mantenido a raya, la crisis económica no perdona.

El obispo González explica que las comunidades al norte de la sierra son turísticas y de elaboración de artesanías; además que cientos de personas salen a trabajar a las tierras en Cuauhtémoc, Chihuahua, Sinaloa o Parral. La maquila, el turismo, la cosecha e incluso el comercio se han visto afectados: “En el mundo mestizo se ha tornado complicado el escenario, porque muchos no tienen trabajo, se les despidió o no viene la redada de camionetas para llevar gente a trabajar a las ciudades o por la manzana. Y entonces en este sentido sí está pegando muy fuerte a la gente. Que no tienen lo suficiente. Y debemos ayudarle”.

Por otro lado, las comunidades indígenas resisten la crisis como siempre han soportado las penurias: sobreviviendo. El obispo señala que familias rarámuris acopian fuerzas con algunos animales y reservas de cosechas de inicio de año; pero abril es tiempo de sequía y apenas en mayo deberán sembrar.

Respecto a la Iglesia católica que misiona en la región, el obispo González mantiene su inquietud por las dificultades económicas que se avecinan: “La crisis nos ha pegado fuerte; de por sí las entradas económicas eran pequeñas en los templos; apenas para cubrir gastos del sacristán, la secretaria, el aseo y mantenimiento; además los gastos de servicios, agua, luz y teléfono. Ha sido difícil para los párrocos”.

Con todo, la generosidad de la gente no abandona a los sacerdotes: “Esta mañana realicé una videoconferencia con los sacerdotes que pueden conectarse; sí manifiestan inquietud, digamos no de una forma directa o urgente como una queja. De comer, gracias a Dios no falta, siempre hay gente que nos lleva de comer, nos comparte o invita. Los sacerdotes saben que la diócesis es pobre y que están sujetos a la Divina Providencia. En ocasiones, nos llegan apoyos de afuera y se solventan las necesidades”.

Tiene razón, la Diócesis Tarahumara recibe algunas aportaciones económicas de la Obra de San Pedro y de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos; también la propia Conferencia del Episcopado Mexicano aportó de manera extraordinaria recursos de su fondo para diócesis necesitadas y, por supuesto, hay fundaciones y organizaciones laicales que hacen esfuerzos para juntar algunos recursos.

Finalmente, el obispo González reflexiona lo que ambos mundos en la Tarahumara, el indígena y el mestizo, inquietan a la Iglesia en una crisis como la que se experimenta: “El pueblo indígena ha debido vivir una resistencia pacífica en localidades muy alejadas de los pueblos y ciudades; son comunidades que suelen estar disgregadas, que sólo en las fiestas se reúnen en los espacios ceremoniales, por lo que la situación de distancia social y de pobreza para ellos es normal. Ellos siguen celebrando la vida como siempre: dando gracias a Dios por la tierra, el agua y las cosechas, pidiendo por buen temporal y el bienestar de sus animales. Pero siempre requerirán apoyo”.

El mundo mestizo, por su parte, también ha tenido que resistir otro tipo de asedio: el de la desconfianza ante el bombardeo de mala información. “Viven bombardeados de información que sólo nos genera confusión, que sólo es deformación informativa y noticias falsas. Por supuesto, como Iglesia los acompañamos para dar esperanza, confianza y presencia”.

Como Iglesia de Tarahumara los acompañamos en todas las cuestiones de su vida y esta es una de ellas; la gente está preocupada por el contagio incluso más que por qué van a comer o tener para un futuro porque muchas de nuestras comunidades viven al día […] Y están preocupados por la violencia, que se conserva y ha seguido aun en medio de la pandemia. Vemos que la vida está tranquila y de pronto hay balaceras, grupos armados, secuestros. Estas son las preocupaciones de nuestra gente”.

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